Menosprecie lo que es gratuito, otra perspectiva de la gratuidad

Todos tenemos libros, películas, canciones o poemas favoritos; yo tengo muchos de ellos, pero sobre todo hay dos libros que he leido chorrocientas veces y cada que los leo encuentro nuevas ideas, nuevas enseñanzas y hasta nuevos párrafos, quién lo diría.

Pero claro, es que cuando lees un libro por segunda, tercera o enésima vez, siempre vas a encontrar algo nuevo, algo que no viste la primera vez que lo leíste, tal vez el día que lo lees de nuevo tienes otro estado de ánimo o hasta has evolucionado y las letras que están allí tienen ahora un significado diferente, aunque las palabras y las frases sigan siendo las mismas.

Y es un aparte de uno de esos libros que no me canso de releer el que quiero compartir hoy contigo, lo he copiado casi al 99%, porque es tan directo y tan irreverente que no sería justo con el autor cambiarle algún párrafo. Así que te dejo con un aparte del libro “Las 48 leyes del poder”, te recomiendo que te acomodes y te prepares para ver otra perspectiva de lo “GRATIS”.

Te leo en los comentarios y que lo disfrutes.

“Todo lo que es gratuito es peligroso, ya que por lo general implica alguna treta o un compromiso oculto. Las cosas que tienen valor valen la pena por pagarse. De esta manera, no estará obligado a gratitud alguna, se verá libre de culpa y evitará fraudes y engaños. Lo más inteligente es, a menudo, pagar el precio total. Cuando hablamos de excelencia no hay gangas. Sea generoso con su dinero y hágalo circular, dado que la generosidad es señal e imán de poder.

En el ámbito del poder, todo debe ser juzgado por su costo, y todo tiene un precio. Con frecuencia, lo que se ofrece de forma gratuita o como una ganga implica un precio psicológico: complejos sentimientos de obligación, concesiones con respecto a la calidad, la inseguridad que tales concesiones producen, y otras desventajas semejantes. El poderoso pronto aprende a proteger sus recursos más valiosos: la independencia y el espacio para maniobrar con libertad. Al pagar el precio que corresponde, se mantiene libre de peligrosos enredos y preocupaciones.

Adoptar una actitud abierta y flexible con respecto al dinero enseña también el valor de la generosidad estratégica, una variante de la vieja artimaña de “dar cuando se está a punto de tomar”. Al hacer el regalo apropiado, usted coloca al destinatario en una posición de obligación. La generocidad suaviza a la gente… y hace más fácil embaucarla. Al labrarse uno la reputación de generoso, usted ganará la administración de la gente al mismo tiempo la distraerá de los juegos de poder que usted practica. Al distribuir su riqueza en forma estratégica, fascinará a los cortesanos, creará placeres y conseguirá aliados valiosos.

Observe a los maestros del poder: los Césares, la reina Isabel, Miguel Ángel, los Médicis. Entre ellos no hay un solo avaro. Hasta los grandes estafadores gastaban con generosidad para armar sus fraudes. El “cocodrilo en el bolsillo” es algo muy poco atractivo; cuando seducía, Casanova no sólo daba todo de si mismo sino también de su billetera. Los poderosos entienden que el dinero encierra una carga psicológica y que también es fuente de cortesía y sociabilidad; por eso convierten el aspecto humano del dinero en un arma de su arsenal.

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Por cada individuo que es capaz de jugar generosamente con su dinero, hay miles encerrados en la autodestructiva negación a utilizar el dinero en forma creativa y estratégica. Esas personas constituyen el polo opuesto de los poderosos.

El pez codicioso: El pez codicioso deshumaniza el dinero. Frío e inescrupuloso, sólo ve las impersonales cifras de un balance comercial. Dado que sólo ven al prójimo como peón o como obstáculo para la obtención de riqueza, estos especímenes pisotean los sentimientos de los demás y alejan a quienes podrían ser valiosos aliados. Nadie quiere trabajar con un pez codicioso, por lo cual estos individuos suelen terminar aislados, víctimas de su propia ambición.

El pez codicioso es la presa preferida de los grandes estafadores: tentado por la carnada del dinero fácil, se traga el anzuelo del fraude con línea y plomada. Es fácil de engañar porque dedica tanto tiempo a las cifras (aunque no a la gente) que termina ciego a toda psicología, incluso a la suya propia. Evite estos sujetos antes de que lo exploten, o utilice la codicia que los caracteriza en beneficio de usted.

El demonio del regateo: El poderoso evalúa todo por sus costos, no sólo en términos de dinero sino de tiempo, dignidad y tranquilidad interior. Y esto es exactamente lo que el demonio del regateo es incapaz de hacer. Pierde valioso tiempo buscando gangas, se preocupa sin cesar por lo que podría haber conseguido en otra parte por un poco menos. Además, la ganga que adquiere es a menudo algo deslucido o de mala calidad, que a veces exige reparaciones costosas o deberá reemplazarse mucho antes que un producto de buena calidad. Los costos de esas búsquedas -no sólo el dinero (Aunque el bajo precio de una ganga a menudo es engañoso), sino en tiempo y tranquilidad- desalientan al individuo normal a embarcarse en ellas, pero para el demonio del regateo la ganga es un fin en sí misma.

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Estos individuos parecen dañarse sólo a sí mismos, pero sus actitudes son contagiosas: si usted no se defiende de ellos, le contagiarán esa sensación de inseguridad que implica pensar que debería haber buscado con más ahínco hasta conseguir un precio menor. No discuta con este tipo de persona ni intente cambiarla. Limítese a hacer un breve cálculo mental, sumando el costo, al menos en tiempo y paz interior de la búsqueda irracional de una ganga.

El sádico: El sádico financiero realiza arteros juegos de poder con el dinero para reafirmar su dominio sobre los demás. Por ejemplo, lo hará esperar para pagarle el dinero que le debe, con la excusa de que ha enviado el cheque por correo. O si lo contrata a usted para trabajar para él, se meterá en todos los aspectos de la tarea, hasta causarle una úlcera. El sádico parece pensar que el hecho de pagar por algo le otorga el derecho a torturar al vendedor. Estos individuos no comprenden el elemento cortesano del dinero. Si usted tiene la mala suerte tratar con una persona le convendrá resignarse a sufrir una pérdida financiera, antes que enredarse en tan destructivos juegos de poder.

El dadivoso que no discrimina: La generosidad cumple una función muy definida en el ámbito del poder: atrae a la gente, la ablanda, la convierte en aliada. Pero es preciso utilizarla de manera estratégica, con un objetivo definido. El dadivoso que no discrimina, por el contrario, es generoso porque desea que todos lo quieran y lo admiren. La generosidad de estos individuos es tan indiscriminada, y va acompañada de tanta necesidad de reconocimiento, que difícilmente logre el efecto deseado: si dan de todo a todos, ¿por qué habría de sentrise especial el destinatario? por muy atractivo que pueda parecer convertir en víctima al dadivoso que no discrimina, en cualquier tipo de relación con este individuo usted sufrirá la tremenda carga de las insaciables necesidades emocionales del otro”.

Tomado de: “Las 48 leyes del poder” Robert Greene y Joost Elffers

Lore Elorza
www.loreelorza.es

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